Los hundidos y los salvados

Publicado en Educación en Valores

El convoy en que yo fui deportado, en febrero de 1944, era el primero que salía del campo de Fóssoli. Las SS, que antes habían arrebatado la dirección a la Seguridad Pública italiana, no nos dieron indicaciones precisas para el viaje; sólo nos hicieron saber que iba a ser largo, y difundieron el consejo interesado e irónico que antes he mencionado ("Llevaos oro y joyas, y sobre ropa de lana y de piel, porque vais a trabajar en un país frío"). El jefe del campo, también él deportado, tuvo el buen sentido de preparar una cantidad razonable de comida, pero no de agua: el agua es gratis, ¿no?, y los alemanes no regalan nada, pero son buenos organizadores... Ni siquiera pensó en proveer a cada vagón de algún recipiente que sirviese de letrina, y ese olvido fue gravísimo: provocó un sufrimiento mucho peor que la sed y el frío. En mi vagón había varios ancianos, hombres y mujeres: entre ellos estaban todos los huéspedes de la casa de descanso israelita en Venecia. Para todos, pero para estos especialmente, evacuar en público era angustioso o imposible; un trauma para el que nuestra civilización no nos prepara, una herida profunda en la dignidad humana, un atentado obsceno y lleno de malos presagios, pero también la señal de una perversidad deliberada y gratuita. Paradójicamente, para nuestra fortuna (aunque dudo al escribir tal palabra en este contexto), en nuestro vagón iban también dos jóvenes madres con sus hijos de pocos meses y una de ellas se había llevado un orinal: sólo uno, que tenía que servir para unas cincuenta personas. Después de dos días de viaje encontramos unos clavos metidos en una de las paredes de madera, trasladamos dos a una esquina y con una cuerda y una manta improvisamos un retrete, al menos simbólico: todavía no somos animales, no lo seremos mientras tratemos de resistir. Lo que pudo pasar en los demás vagones, carentes de este mínimo arreglo, es difícil de imaginar.(...) Los SS de la escolta no ocultaban su diversión al ver a los hombres y las mujeres ponerse en cuclillas donde podían, en los andenes, en mitad de las vías; y los viajeros alemanes expresaban abiertamente su disgusto: gente como ésta merece el destino que tiene, basta ver cómo se comportan. No son

Menschen (seres humanos), sino animales; está claro como la luz del sol.(..) Los hundidos y los salvados"

Muchnik Editores

No me hago ilusiones de haber llegado al fondo en esta cuestión... Me parece que la mejor interpretación está resumida en esta respuesta que obtuvo Gitta Sereny durante su larga entrevista al ya citado Franz Stangel,

excomandante de Treblinka: "Puesto que ibais a matarlos a todos... ¿qué significado tenían las humillaciones, la crueldad?", preguntaba la escritora a Stangel, prisionero perpetuo en las cárceles de Düsseldorf, y él respondió: "Para preparar a los que tenían que ejecutar materialmente las operaciones. Para que pudiesen hacer lo que tenían que hacer". Es decir, antes de morir, la víctima debe ser degradada, para que el matador sienta menos el peso de la culpa. Es una explicación que no está desprovista de lógica, pero que clama al cielo: es la única utilidad de la violencia inútil.

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